Jack Dorsey, fundador de Block (la empresa detrás de Square y Cash App), despidió esta semana a la mitad de su plantilla. No lo explicó como un recorte de crisis. Lo explicó como el futuro: 'En el próximo año, la mayoría de las empresas llegará a la misma conclusión.'
No es un caso aislado. En 2025 se despidió a unos 100.000 trabajadores tecnológicos. En los primeros meses de 2026, otros 92.000. Y mientras eso pasa: ningún gobierno ha puesto en marcha una respuesta. Ninguna economía importante lo está debatiendo en serio.
La mayoría leerá esto y llegará a la conclusión fácil: 'La inteligencia artificial está destruyendo empleos. Hay que pararla o regularla.'
Es la lectura que tranquiliza, porque tiene un culpable. Y es justo la que impide ver lo que de verdad está pasando.
Esto no va sobre una tecnología que destruye trabajos.
Va sobre algo más incómodo: lo que ocurre cuando cada decisión individual es correcta y el resultado de todas juntas es un desastre que nadie eligió.
1. Ninguna de esas empresas está haciendo nada malo. Dorsey no es un villano. Si tus competidores reducen costes con herramientas que hacen el trabajo de media plantilla, y tú no, en un año ellos venden más barato y tú desapareces. La empresa que no recorta no es más ética: es la que quiebra primero. Cada una sigue sus incentivos a la perfección. Ese es exactamente el problema. No hay nadie a quien culpar, y por eso no hay nada fácil que prohibir.
2. La suma de decisiones racionales no da un resultado racional. Cada trabajador despedido es el cliente de otra empresa. Cuando todas recortan a la vez, todas están, a la vez, recortando a sus propios compradores. Cada una traslada el coste de su eficiencia a un terreno común —la economía, la gente con sueldo— del que todas dependen para vender. Es el equilibrio en el que cada jugador optimiza y todos pierden. La lógica de cada parte, multiplicada y simultánea, se vuelve suicida para el conjunto.
3. Por eso ningún gobierno actúa, y no es por torpeza. Un problema así no tiene dueño natural. El mercado no puede resolverlo, porque el mercado es justo el mecanismo que lo produce. Y ningún país puede resolverlo solo: el que prohíba los despidos por su cuenta verá cómo sus empresas se marchan a donde no esté prohibido. El mismo dilema que tienen las empresas entre ellas lo tienen los gobiernos entre ellos, un piso más arriba. La estructura se repite en cada nivel, y esa repetición es la razón de que nada lo frene: no es que falte voluntad, es que falta un sitio desde donde decidir.
Es cómodo mirar esto como espectador, como si fueran ellos: las grandes empresas, los gobiernos, la gente de arriba.
Pero si estás construyendo algo, por pequeño que sea, no estás fuera del juego. Estás dentro. Llegará el día en que puedas hacer con una herramienta lo que hoy hace una persona a la que pagas —o a la que pensabas contratar—. Y quien lo haga venderá más barato que tú.
La pregunta no es si la inteligencia artificial quita empleos. Es esta: cuando te toque a ti elegir entre la decisión correcta para tu negocio y la persona concreta que se queda fuera, ¿qué vas a hacer? ¿Y en qué momento tu elección racional pasa a ser parte de eso que nadie eligió?
Cuando la mitad de los trabajadores de una empresa desaparece de golpe, no se abre solo un agujero. Se abre una cadena de necesidades nuevas, y casi ninguna es tecnológica:
Va a haber millones de personas con experiencia y sin sitio. La mayoría de los programas de 'recualificación' son humo. Quien sepa llevar a alguien de un oficio que desapareció a uno que existe —de verdad, con resultado— tiene trabajo para una década.
Mucho despedido no vuelve a una nómina: se vuelve autónomo, freelance o fundador por necesidad, sin haberlo elegido. Necesita lo que antes le daba la empresa: estructura, clientes, un sistema para no ahogarse. Construir eso es una capa con demanda inmediata.
Cuando todo lo automatizable se automatiza y se abarata, lo escaso se vuelve lo contrario: lo presencial, lo local, lo que vale precisamente porque hay una persona detrás. Ahí queda valor que la ola no se lleva.
La oportunidad más grande no es aprovechar el recorte. Es ser un mecanismo de coordinación donde no hay ninguno: el sitio, el servicio o la red que ayuda a un grupo a hacer junto lo que a cada uno por separado le sale mal. Donde falta coordinación, construirla es el negocio.
Da menos miedo un mundo con un villano que uno sin ninguno. A un villano se le puede parar. A mucha gente sensata tomando, cada una, la decisión correcta, no. El resultado lo construimos entre todos y no lo eligió ninguno. La pregunta ya no es a quién culpar. Es quién decide cuando nadie está al volante y todos vamos dentro del coche.